lunes, 17 de noviembre de 2008

LO ACTUAL


El siglo XXI, siglo de acuario, fue vaticinado por los adeptos a las profecías como un siglo de crecimiento espiritual, de paz, de armonías nuevas, de dicha para la humanidad. Yo comencé el siglo con parecidos deseos, pero las señales que recibía apuntaban en otra dirección. Quizá lo más característico de la primera parte del siglo sea el doloroso descubrimiento de que casi nada está funcionando bien, que todo se deteriora, que las organizaciones mundiales en las que se había puesto tanta confianza no han servido prácticamente para nada, que la naturaleza se degrada, que cambios climáticos, impredecibles aún en sus consecuencias, amenazan nuestro futuro. Todo ello crea una incertidumbre global que llena de inquietud a las poblaciones que viven en la tierra, tan sufrida y agotada ya.
Se pueden imaginar tres escenarios en los que actúan los seres humanos actuales: el escenario de los ricos, estén donde estén; el escenario de las clases medias en cualquier parte, y el escenario de los pobres de todas partes. Se dan tres modos de conciencia, tres formas de experimentar la vida.
En el escenario de los ricos, las personas actúan como si su mundo estuviera amenazado de muerte. El invento de la cortina antimisiles puede ser un ejemplo. Las corrientes migratorias desde los otros escenarios les crean largas pesadillas. Cerrar fronteras, levantar muros, dictar leyes de represión de los inmigrantes, y otras muchas realidades, manifiestan la tragedia humana que se vive también allí, donde pareciera que todo debía ser feliz. Estos poderosos individuos, lanzados por oscuras fuerzas a defender a como dé lugar su universo privado, están muertos de miedo. No son felices.
En el escenario de las clases medias se producen sismos de grandes dimensiones, la tierra se hunde bajo sus pies. El bienestar logrado a fuerza de trabajo está amenazado constantemente. Se ha perdido la confianza. Lógicamente, muchas personas tienen poca conciencia de lo que viven, no observan su tablado, se hacen sordos a las voces de alerta. Pero tampoco son felices. La felicidad es un estado pleno de lucidez. Las personas ciegas ante la realidad, viven ignorantes y confusas, no felices.
En el escenario de los pobres, lugar del que ha sido supuestamente desterrada la felicidad, está creciendo una conciencia nueva: un mundo mejor es posible; emerge una esperanza, por más que densas tinieblas cubran aún gran parte de este escenario. Pero, sea que usted lo crea o no lo crea, en él viven algunas personas felices. El no tener lleva a veces a buscar el ser y cuando alguien descubre su ser, más allá del tener o no tener, comienza a ser feliz.
¿Puede suponerse que estas tres formas básicas de experiencia originen una conciencia universal que afecta a todos? Si así fuera, tendríamos el inconciente colectivo actual en continuidad perturbadora con el inconsciente ancestral. Es de conocimiento público que los psicofármacos son las drogas que hoy más consume la humanidad. Vivimos en un mundo desajustado, desequilibrado, amenazado, cansado, pretensioso, injusto, en el que los humanos luchan por sentirse bien, por ser personas realizadas, deseosas de todo lo bueno posible.
¿Cómo podrá ello ser posible? En el primer escenario se eligió como forma mágica: el tener más para consumir más; en el segundo escenario sus actores han decidido que la fórmula maravillosa es trasladarse al escenario de los ricos, luchar por se ricos. En el escenario de los pobres, como pobres al fin, deciden abandonar su situación para ir a vivir como servidores de los ricos con la secreta idea de llegar también ellos a ser ricos, o al menos escapar de su miseria.
El resultado final de esta lucha por una mejor vida es la frustración, la rabia y la tristeza, nacidas de la misma realidad de ir a buscar como sentido de la vida aquellas cosas que no pueden serlo. ¿Y puede usted decirnos cuál es el sentido verdadero de la vida?
La historia de las personas realizadas, felices, muestra que superaron todas las formas de división y separación, y se unieron al Todo Supremo. ¿En cuál de los escenarios está la posibilidad de vivir esa unión con el Todo? En ninguno, absolutamente; esos escenarios se construyen a partir del tener, y no es el tener la realidad que une al Todo, sino el ser. San Juan de la Cruz lo resumió así: “Porque para venir del todo al todo – has de negarte del todo en todo”.
Ya sé que a usted no le gusta la expresión “negarte”, pero “negarte” se refiere al tener, no al ser. Para ser plenamente tú mismo necesitas por ley de pura lógica no estar identificado con ninguna otra cosa que no seas tú mismo. Como tú ser es paz, alegría y amor, entonces todo tú estás unido al Todo que es infinitamente paz, alegría y amor, Dios y la creación.
Esta visión de la realidad humana está tan alejada de los escenarios donde vive la gente hoy que sólo por ventura, muy dichosa por cierto, puede hallarse. Vivimos en un mundo triste, oscuro, hostil, a pesar de todas las apariencias. ¿Cómo ser felices en tal mundo?

lunes, 10 de noviembre de 2008

LO ANCESTRAL

Quizá muchas personas no lo piensen, pero en verdad el miedo más radical del ser humano es el miedo a la muerte. A lo largo de su historia, los humanos han buscado y propuesto diversas teorías y conductas para escapar de ese miedo. Desde el “vive hoy como si fueras a morir mañana” hasta el “vive hoy como si no fueras a morir nunca”. Este miedo a la muerte no perdona a nadie.
En las sociedades esclavistas, este miedo se revelaba en unos (los dueños) como esfuerzo para someter a otros (los esclavos) a soportar todas las formas de muerte. Aquellos buscaron la forma de vivir lo más cómodamente posible a base del sacrificio de éstos. A estos otros, los esclavos, sólo les tocaba un lento y doloroso morir. Así la vida se hizo rabia, de unos contra otros, afán de poder de unos sobre otros. El miedo se apoderó de unos y de otros. Nadie fue feliz. El esclavo lloraba su suerte en la tristeza, el poderoso escondía su miedo bajo la ira. Aquel orden, realmente un enorme desorden, hacía sentir la existencia como vacío, como nada. Los griegos discutían, los romanos banqueteaban, unos y otros se deshumanizaban. Las grandes culturas que crearon estaban llenas de dolor, de ira, de angustia, de tristeza: el destino es inexorable. El hombre vive bajo el signo del hado fatal. La fortuna es impredecible, lo que resta es vive hoy que mañana morirás. Se generó poco respeto por la vida humana. La grandeza de un hombre se medía por la cantidad de hombres que mataba y sometía.
Sin dar excesiva importancia a las teorías de Jung sobre el inconsciente colectivo, debemos admitir que las formas culturales largamente vividas dejan una huella a nivel genético que determina ciertos rasgos de comportamiento. La mayoría de nosotros somos descendientes de aquellos esclavos, que fueron multitud, y las viejas tradiciones de sangre noble se han perdido entre las luces de la ciudad. Ahora todos somos plebeyos, gente sin clase. Los ricos intentan ser felices derrochando bienes de consumo; los pobres sueñan con ser ricos. Ni unos ni otros logran ser felices. Comer exquisitamente no puede hacer definitivamente feliz a nadie, ni cosa alguna de esta especie, sin negar por ello que sean realidades integrables a la felicidad perfecta. Los símbolos de los contenidos del inconsciente colectivo apuntan a la muerte como fin de todo. ¿Acaso no vivimos los desterrados hijos de Eva gimiendo y llorando en este valle de lágrimas?
En la cultura occidental, los referentes del judaísmo y del cristianismo remiten a un pecado original que pesa sobre todos los humanos y del cual no se puede escapar, a pesar de los remedios, circuncisión, bautismo, ya que todos experimentan la rebelión de la carne. ¿Quién nos podrá librar de este cuerpo de pecado?
En las otras grandes culturas, india y china, sus sabios buscaron caminos de salvación y sintieron la necesidad de liberarse de las creencias generalizadas, que confundían y apartaban a la gente de la salvación. Ellos fueron pequeños oasis en medio de gigantes desiertos. Los pueblos siguieron presos en sus propias redes culturales, ajenos a la felicidad completa.
¿Puede el ser humano que vive en la tierra ser feliz? La historia levanta su voz y responde: de hecho nunca lo ha sido. Pero, debemos añadir, siempre lo ha buscado. ¿Será necesariamente inútil esa búsqueda? Quienes han se han sentido plenamente felices son testigos de esa posibilidad y también de lo fácil que resulta perderse en el camino. Su testimonio es que la felicidad plena se alcanza en una vivencia de comunión con el Todo, en la experiencia de una armonía interior que se nombra paz de Dios, en una llama de luz que se dice amor.
Pero, ¿no está nuestro inconsciente colectivo cargado de odios, rabias, tristezas y miedos? Sí, es un hecho. Quien quiera ser feliz deberá alcanzar esos oscuros fondos y purificarlos. Como ya dije, se comienza por la revisión de las creencias populares, por el examen del valor real de los datos culturales. ¿Cómo se podrá sentir quien logre tamaña aventura? Extraño, solo, apartado. Y eso, ¿puede ser feliz? Cuando se entiende, sí, se es totalmente feliz. Quizá se pueda así comprender la extraña aventura de salir a buscar la felicidad, que se encuentra más allá de los datos culturales y las experiencias habituales de división, separación y oposición, en una vivencia de totalidad y comunión, en la que no hay muerte, sino vida eterna.

viernes, 31 de octubre de 2008

Ser amable con uno mismo

Cuando crece la experiencia positiva de sí mismo, la persona desarrolla la posibilidad de ser amable consigo misma. Descubre que no existe ninguna razón, en ninguna parte, para que se hiera, maltrate o cause daño. Decide no agredirse, sino al contrario, se ensancha en estimación y aprobación, porque es lo correcto. ¿Conoce alguien de ustedes alguna razón por la que la persona se deba hacer daño ella misma y despreciarse? Muchas personas lo hacen todos los días, pero razón no existe ninguna.
En esta situación de conocimiento interior, la persona experimenta una extraña felicidad, siente una libertad muy grande, descubre con asombro que siempre está feliz. Su modo de ver el mundo ha cambiado mucho, una nueva tolerancia le crece dentro sin esfuerzo propio. No ve nada de qué quejarse, tampoco nada tiene que estar bien. Las cosas son como son, y todas tienen el mismo sabor, un sabor de gloria. Una armonía en extremo amable resuena en el corazón. Estas experiencias positivas facilitan la práctica de ser amable consigo mismo y, a la vez, fortalecen la decisión de serlo más perfectamente cada día.
Quien no tenga un alto grado de conciencia de su ser interior carece de capacidad para percibir tales realidades y así no puede escapar de las garras del miedo, de las furias, de las rabias y de la tiniebla de la tristeza. No tiene capacidad actual para ser establemente feliz. Se hiere, se maltrata, se hunde en la negatividad. Así no podrá aceptar que se pueda ser feliz siempre. De modo directo y manifiesto no percibe que pueda ser plenamente feliz siempre. Esto no niega de ninguna manera que posea realmente tal capacidad. Si quien lee esta propuesta siente que ha empleado mucho tiempo de su vida en buscar la felicidad y no la ha encontrado, quizá le sería provechoso investigar cómo y dónde la ha buscado. La felicidad es usted. ¿Se ha buscado usted con suficiente inteligencia para no quedarse en lo más superficial y vano de usted mismo?
Ahora, desde esta nueva percepción del sí mismo y del mundo, el individuo percibe con claridad no sólo la posibilidad sino también el hecho mismo de ser feliz. Cuando la persona ha sentido la inmensa presencia de Dios en su ser, cuando se siente habitada por la divinidad, ella y el mundo son otros. En esta experiencia sublimadora comprende fácilmente los versos de santa Teresa: “nada te turbe, nada te espante”. Y realmente nada la turba ni espanta. Es obvio que esa madurez se va adquiriendo de modo gradual. Al principio cualquier cosa turba, luego sólo alguna, finalmente ninguna, si se sigue creciendo.
Quizá lo más dificultoso sea adquirir esa libertad de permanecer imperturbable. Entendamos que se trata de una libertad interior. Se ha logrado ya en alto grado cuando se puede decir: “siento lo que quiero sentir, pienso lo que quiero pensar, quiero lo que quiero querer, digo lo que quiero decir y hago lo que quiero hacer”. Entonces se es libre. A esta libertad se llega después de practicar mucho el principio de “no identificación”: yo no soy lo que pienso, ni lo que quiero, ni lo que siento, ni lo que digo, ni lo que hago”. ¿Quién soy yo entonces? Simplemente, el sujeto que piensa, quiere, siente, dice y hace. Quien logra distinguir bien su subjetividad de los productos de su actividad, se vuelve el dueño de su propia actividad y piensa lo que quiere, desea lo que quiere, siente lo que quiere, dice lo que quiere y hace lo que quiere. Como lo que quiere es ser feliz, piensa, quiere, siente, dice y hace su propia felicidad.
Esta vida feliz exige, como se ve, dejar de lado cientos de creencias populares, miles de prejuicios, y adquirir una visión de sí mismo y del mundo completamente otra, muy lejos de la habitual de las culturas dentro de las que se nace, se crece, se padece y se sufre. Quiero repetir: nosotros somos felicidad. Solamente necesitamos llegar a ser lo que somos.
Deberemos esclarecer el hecho de que las tradiciones culturales, por las más diversas causas, definen para el hombre un camino de sufrimiento, de dolor y angustia, en lugar de diseñar una senda de paz, alegría y amor, constitutivos de la felicidad consumada. Quien desea ser feliz necesita tomar mucha distancia de su cultura.

viernes, 17 de octubre de 2008

Tercera Etapa

A los principios de esta tercera etapa ocurre una gran sorpresa, cuando la persona reacciona habitualmente de modo inteligente, guarda su paz interior, goza de la vida cotidiana, todo comienza a parecerle maravilloso. Pero esta experiencia maravillosa puede causar grandes inquietudes: si frente a una situación todos se alarman y ella permanece tranquila, ¿no será que está perdiendo el juicio? Siempre nos estamos comparando con los demás, que se convierten en la medida de nosotros mismos. Ahora no somos como los demás, no sufrimos, ni nos alteramos, estamos casi siempre felices. ¿Qué pasa con nosotros? En esta nueva situación se pone a prueba la seguridad personal. La sensación de que uno se está volviendo un ser raro se hace punzante. Se desea preguntar a alguien, pero no se sabe a quien. Cuando una persona crece necesita ayuda de otras personas ya crecidas. Los antiguos afirmaron que cuando el discípulo está dispuesto aparece el maestro. Quien se sienta solo y extraño debido a sus cambios de reacción por positivos que sean, está en la tentación de volver atrás y ser como todo el mundo.
Una posibilidad frustrante es buscar ayuda en personas que, por su rango, se supone que están crecidas, pero que realmente no lo están. Se produce así una confusión mayor y se puede recaer en una decepción fatal. Quien se propone seguir un camino de superación motivado por lecturas u otros medios de información fuera de un grupo de crecimiento, siente pronto la necesidad de contactar con otras personas que estén haciendo el mismo camino.
En los matrimonios se puede dar el caso de que uno de ellos, ella o él, emprendan un proceso de crecimiento y el otro no. En esta situación se puede dar un extrañamiento entre los dos que amenace la unión de ambos. Lo correcto es que la persona que crece arrastre a su pareja a crecer también. Hacerlo bien es el desafío.
La experiencia fundamental de esta tercera etapa es una visión de la propia interioridad como algo luminoso, infinito, lleno de paz y silencio, pleno de amor y bondad. Obviamente, esta sensación es producto de los esfuerzos hechos en la segunda etapa, los cuales abren canales caudalosos que lleven a zonas más profundas del propio ser interior. Quienes se ejercitan en estas cosas sin creencias religiosas, comienzan a sentir una misteriosa presencia especial que no saben objetivar, pero que les eleva a un rango de vida más abierto.
Quienes tienen creencias religiosas definidas, objetivan esa presencia divina como la presencia de Dios mismo. Este sentir a Dios cercano, habitando la propia interioridad, se vuelve asombro y alabanza. Los viejos hábitos, largamente enraizados, levantan nuevas y especiales incertidumbres. Las personas están más inclinadas a creer lo malo de sí mismas que lo maravilloso. Existe la idea de que eso magnífico no puede ser verdad. El razonamiento se hace confuso, no se llega a un equilibrio lógico: aquella presencia divina es algo inefable, pero la percepción de las propias deficiencias dificulta creer que aquellas regiones felices, llenas de Dios, sean reales y no puras imaginaciones. Desde la creación del psicoanálisis, tales experiencias se vienen atribuyendo a desequilibrios mentales, sin ningún fundamento objetivo. Actualmente los que cultivan la psicología transpersonal tienen otra idea más positiva acerca de estos fenómenos especiales.
El sentimiento de indignidad, la creencia de que no es posible para la persona misma, debido a la idea de que eso no le pasa sino a personas santas, puede crear intranquilidad en la propia vivencia de esa realidad hermosa que se comienza a tener. Suele suceder, sin intención ni deseo de la persona, que una revelación más fuerte se produzca de modo inesperado y abra un panorama interior mucho más rico. La consecuencia de ello es que la persona se siente en otro universo espiritual. Se da una captación intuitiva del propio ser luminoso bañado por la luz de Dios. Santa Teresa describió bien estas situaciones en las terceras y cuartas moradas. Ahora se comienza a superar los sentimientos de inferioridad, a tener una más alta valoración de sí mismo, sin arrogancia ni petulancia. El oro no presume, quien presume es el oropel. Ahora la persona se siente inclinada a mirar a su interior, allí vive emociones positivas de alta calidad. Se experimenta lejos de los objetos materiales, pero mucho más cerca de Dios.

viernes, 3 de octubre de 2008

Las tres etapas

Conforme a lo expuesto ser feliz siempre es posible, pero no espontáneo. Para llegar al gozo imperturbable en esta vida se exigen algunas especiales perspectivas, que conforman tres etapas de ese camino a la felicidad, a la luz, a la paz, a la plenitud.
En la primera etapa se dan una serie de experiencias que conforman el inicio de la ascensión, se trata de eso, de subir una altísima montaña. Se va cayendo en la cuenta de que parte de la vida se pasa entre el miedo, la rabia y la tristeza, otra parte entre el trabajo, la atención familiar y diversas obligaciones; una tercera parte, ya muy pequeña, se emplea en diversiones, ir a una fiesta, visitar a seres queridos, participar en una buena comida, tener algún romance y… poco más. Se descubre que el miedo anda siempre con uno impidiéndole disfrutar con plenitud, que los disgustos surgen por todas partes, que las tristezas está siempre ahí, a veces clamorosas, a veces sordas, pero siempre dolorosas. Se hace uno conciencia de que no hay salida de este laberinto y, consecuentemente, uno se resigna a esta condición de la humana existencia. Si en un día de luz, en una racha de suerte, surge la pregunta, ¿es que tiene que ser así?, se está iniciando el proceso de la ascensión. La mayoría de las personas tiene, quizá muchas veces, estos días de luz. Muy pocas sin embargo aceptan que sí puede ser de otra forma y se deciden a salir de ese círculo fatal. La fuerza de esta decisión depende de la claridad y profundidad con que se perciba que es posible una vida de mayor calidad. La primera etapa implica todas las experiencias que permiten tomar una decisión de ver la vida de otra manera.
La segunda etapa se inicia con la decisión de avanzar hacia una forma de existencia más positiva. Esta segunda etapa es sumamente dificultosa debido a sus múltiples exigencias, sobre todo por la cantidad de nuevos conocimientos que exige para avanzar hacia la cumbre de la montaña sagrada, la felicidad. Lo primero que se necesita saber es que el miedo, la rabia y la tristeza son reacciones aprendidas, no respuestas naturales a las realidades objetivas. Hay que llegar al convencimiento de que estas reacciones son completamente innecesarias y dañinas, no benefician en nada y perjudican en todo. Comprender que se puede vivir sin ellas es el paso previo a decidir superarlas y dejarlas de lado.
Para dirigir nuestra vida no necesitamos miedo, para eso tenemos la inteligencia y lo único que se necesita es usarla correctamente. Ahora se debe dar una conversión radical, consistente en la decisión de convertirse en una persona que usa positivamente su inteligencia. Uno se va a convertir en una persona inteligente. Esto le cuesta a uno un largo entrenamiento mental para adquirir dominio de sí mismo, lo que le permitirá tener dominio sobre las situaciones. Quien se empeña en obrar de modo inteligente, descubre que la mayoría de las veces reacciona sin inteligencia. Luego se da cuenta. No desanimarse, seguir con la decisión de reaccionar de modo inteligente; después de un empeño sostenido, comienza a notar que sigue reaccionando sin inteligencia, pero ahora se da cuenta de que el factor inteligente es simultáneo con la reacción. Todavía la inteligencia es ineficaz. El tiempo entre la reacción y la inteligencia se acorta cada vez más. Finalmente la inteligencia actúa primero y la reacción ya es la inteligente. La altura alcanzada ya deja ver más el paisaje. Las experiencias son más positivas, allí donde se perdía la paciencia ahora no se pierde, se mantiene la serenidad. Se descubre que aquellas situaciones que antes le afligían ahora ya no. Se experimenta un extrañamiento de sí mismo. Se comienza a ser otro y esto puede asustar. Otro extrañamiento irrumpe de repente: ahora es diferente de los demás, se experimenta ser distinto de los otros. Y lo es, la generalidad no obra con inteligencia, como usted tampoco lo hacía. Mira desde el punto en que está en la montaña y ve a los otros allá en el valle, presa de los miedos, rabias y tristezas, angustiados por nada.
Ser distinto de uno mismo y de los otros y querer serlo exige mucha valentía. La tentación de volver al viejo modo de reaccionar y ser como todo el mundo puede ser muy fuerte. Unas personas le manifestarán alegría por los cambios positivos y otras le tildarán de loco. Usted mismo comienza a sentirse incómodo en medio de las personas con las que antes compartía. No crea que es regalado existir felizmente en medio de una humanidad desgarrada por el sufrimiento. Aquí se manifiesta otra exigencia de esta marcha hacia la cumbre de la montaña sagrada: no se puede ir solo, se necesita compañía. Quizá los genios pudieron hacer solos el camino, pero yo no escribo para los genios, sino para nosotros, los seres normales que constituimos la mayoría de los habitantes de este misterioso mundo.
Continuaremos describiendo estas etapas.

jueves, 24 de julio de 2008

Hacia una alta racionalidad

El gran maestro de vida espiritual san Juan de la Cruz escribió:

“Y de la misma manera que se atormenta y aflige al que desnudo se acuesta sobre espinas y puntas, así se atormenta el alma y aflige cuando sobre sus apetitos se recuesta. Porque, a manera de espinas, hieren y lastiman y asen y dejan dolor”.

San Juan de la Cruz creía que el ser humano está constituido por un cuerpo sensible, fuente de los apetitos, y un espíritu racional e inmortal, fuente de la inteligencia, la bondad y el bien hacer. Entre estos dos mundos existen muy diversas y complejas relaciones. Por apetitos él entiende los deseos que nacen de la sensibilidad, de ver, oír, oler, saborear, palpar y de las sensaciones internas, de la imaginación y memoria. La dificultad está en que este universo sensible obra al margen de la razón. Cuando alguien se entrega a los deseos nacidos de los apetitos lejos de los postulados universales de la razón, somete su inteligencia y voluntad a determinaciones irracionales, y eso sólo puede ser frustrante. Se debe pasar por un proceso de sometimiento de los apetitos a la razón de tal forma que la persona se comporte razonablemente en toda ocasión. Esta situación es dolorosa, muy dolorosa, y muy sutil, pasa desapercibida para muchas personas. Siempre que alguien sufre por algo, se puede afirmar que no está siendo completamente racional frente al asunto. La plena racionalidad, no hablo aquí de teorías de ninguna clase, sino del uso adecuado de la razón para establecer la situación concreta, es fuente de paz, alegría y amor, de felicidad.
El proceso para liberarse de las ataduras de la sensualidad y vivir en un estado de completa racionalidad, noche oscura sanjuanista, es sumamente complejo. Quizá sea bueno aquí recordar que la evolución desde el animal hasta el hombre supuso muchos millones de años. Alcanzar la instancia constitutiva de lo racional en plenitud no puede ser fácil, pero sí posible. La distancia entre un deseo de la sensualidad y un deseo de la racionalidad puede ser inconmensurable. Un ejemplo sería el joven que se deja llevar de la drogadicción. Se le pueden dar todas las razones de los sabios, se le puede explicar con todos los argumentos posibles que arruina su vida. El deseo desencadenado por la droga, es más fuerte que toda razón. La vida de este joven deja de ser racional, se llena de sufrimiento, y el resultado final es una persona no sólo infeliz sino también perdida para la sociedad. Este es un ejemplo extremo, pero todo deseo proveniente de la sensibilidad tiene ese poder de someter y atormentar a la persona, aunque sea en mínimo grado.
Así, pues, podemos experimentar deseos sensibles y deseos racionales. Cuando alguien desea la paz, la justicia, el amor, la luz de la sabiduría para dar sentido a la vida, tales deseos lo liberan, lo engrandecen y lo realizan. En esta dirección, se puede señalar una realidad esencial: la sensibilidad no percibe lo eterno, no trasciende lo inmediato corporal; la razón se eleva a lo eterno, trasciende todo determinante concreto, y es así una experiencia de libertad y gozo.
El principio que rige la vida racional es el principio de realidad, el convencimiento de que solo podemos contar con lo que está ahí siendo. Si yo pretendo algo que bien pudiera ser, pero en este momento no existe, mi pretensión se vuelve sufrimiento, porque me sitúo fuera de lo real. El deseo sensible no obedece al principio de realidad, sino a la imaginación. Existe una palabra excelente para describir tal situación, fantasía. Uno se imagina cosas fuera de la realidad, y después quiere que sean válidas, pero como no lo son sólo sirven para causar dolor, desorientar y empobrecer. Así no se puede ser feliz.
Cuando alguien llegue a ser completamente racional, estado permanente de iluminación, sin apego ni deseo de nada fuera de lo razonable, no habrá cosa alguna que le haga sufrir. Las cosas son muy diversas, los acontecimientos muy diferentes, buenos y malos. Pero la respuesta racional es una sola. Entender el misterio de la existencia implica amar intensamente todo lo existente. El gran poeta místico, san Juan de la Cruz, lo cantó así:

Hace tal obra el amor
Después que lo conocí
Que, si hay bien o mal en mí,
Todo lo hace de un sabor
Y al alma transforma en sí…

lunes, 14 de julio de 2008

OBSTÁCULOS. CONTINUACIÓN

Los grandes maestros han creído que el ser humano puede alcanzar su felicidad completa, incluso de modo fácil. Ya que para lograrlo no se necesita tanto poner como quitar. Quizá sea interesante recordar algunos fragmentos de Buda y de san Juan de la Cruz. Así lo predicó Buda:

“He aquí, oh monjes, la verdad sagrada sobre la supresión del dolor: la extinción de esta sed por el aniquilamiento completo del deseo, desterrando el deseo, renunciando a él, liberándose de él, no dejándole en su sitio”.

¿Es que se puede vivir sin deseos? ¿Cómo podría ser una persona normal quien no tenga ningún deseo? Quienes han logrado una experiencia de paz interior más profunda, preguntarían lo contrario. ¿Es que se puede ser una persona normal estando sujeto a los deseos?
Un ejemplo podría dar a entender lo que se quiere decir. A las siete de la tarde estoy sentando en el malecón de la Habana de cara al sol cuando declina sobre el mar. Me entrego al presente absoluto de lo que tengo ante mí: El mar, rosa de atardecer, la brisa fresca en la piel, el rumor de olas mansas, un lento y tibio sabor marino, el muro gris. El sol, el horizonte, melancólico adiós al día. En la lejanía las nubes blandas, irisaciones mágicas, gloriosas, fantasmas encantados de fiesta. Crepúsculo, puro sosiego, el alma arrebatada de arreboles. El sol, el mar, la tarde, la vida.
Ningún deseo, sólo la serena contemplación del presente, el gozo inefable de un atardecer vivido aquí y ahora. Imaginemos otra situación, yo estoy en el mismo lugar con las mismas circunstancias, pero mi mente está siguiendo una cuestión que debo resolver más tarde, o mi recuerdo me está trayendo la desagradable experiencia de hoy por la mañana. Estoy dividido, presente y ausente, entre el sol que ven mis ojos y los deseos de que mañana se resuelva la situación. Los deseos me llevan lejos de mí, a los objetos deseados, o temidos, forma negativa del deseo.
Bien, se admite en este ejemplo: disfrute plenamente del ocaso, pero toda la vida no puede ser eso, hay que proponerse objetivos, cumplir tareas, discernir entre unas cosas y otras, lo que implica desear el bien, querer lo correcto, apartarse de lo malo, y todo ello exige estar llenos de deseos de justicia, de paz, de amor.
Es absolutamente cierto. Pero es cierto en aquellos momentos de la vida, cuando todavía no se ha hecho todo eso. Se dan cuatro posibilidades: se vive de espaldas a la verdad, se vive de frente a la verdad, se avanza en la posesión de la verdad, se llega a la plenitud de la verdad, a la iluminación. En el primer momento se vive con deseos inadecuados, en el segundo se cae en la cuenta de que es mejor buscar la verdad, se vive el deseo de la verdad; tercer momento, se alcanza cierto grado de verdad, se entra en un espacio de sabiduría; cuarto momento, se goza la verdad, todo ha sido alcanzado, ya no hay deseo. En el camino hacia la liberación, santidad, perfección, o como quiera que se le llame, se dan diversos grados de vivencia, que deben ser superados uno tras otro, hasta llegar a la posesión realizadora de la plenitud espiritual. En relación con el deseo, el proceso se puede describir así: desear salir de la vida frívola, seguir con el deseo de una vida seria, ya esto exige liberarse de los deseos frívolos y cultivar lo serios; en el camino hacia un sentido más responsable de la existencia, acontecen los descubrimientos diversos, unos más bajos, otros más elevados, esto implica otra vez eliminar los deseos más bajos y alimentar los más nobles; una vez en posesión de los más nobles deseos, se da necesariamente una experiencia de tranquilidad, unidad, paz, en que los deseos dejan ser deseos de realidades ausentes. Ahora ya todo es gozo de lo presente, no hay espacio para los deseos. Ahora se es feliz habitualmente, ahora la existencia, liberada de los deseos, entra en la luz de la felicidad.
San Juan de la Cruz escribió: “Para venir a poseerlo todo no quieras poseer algo en nada”. La felicidad plena vive en la posesión del todo, del mundo, de Dios, de la historia, no en detalle alguno. Seguiremos examinando este misterio que es la mística.